Me llevó un tiempo darme cuenta de lo que me había pasado. Durante mucho tiempo dudé, me cuestioné a mí misma y me eché la culpa.
Pero hoy lo tengo claro: no tengo la culpa. Por fin me siento liberada.
No me despido de ti porque no fuera suficiente. Me despido porque, por fin, soy suficiente para mí misma.
Te dejo ir porque me he dado cuenta de que el amor no debe ser un juego de poder, control e inseguridad.
Usaste las palabras, no para crear cercanía, sino para confundirme.
Me elogiabas cuando hacía lo que tú querías, y me menospreciabas cuando me imponía.
Me has menospreciado deliberadamente para que ya no supiera lo que sentía o quería.
Me has hecho creer que soy difícil, demasiado sensible, demasiado exigente.
¿Pero sabes qué? Hoy lo veo todo con claridad.
No era demasiado sensible. Solo tenía límites sanos que tú nunca quisiste aceptar.
No era desagradecida. Simplemente, en algún momento dejé de conformarme con promesas vacías.
No era pesada. Solo me defendí cuando me menospreciaste emocionalmente.
Tus historias sobre mí no eran más que escudos para protegerte de la verdad.
Te presentas como una víctima para que nadie cuestione cómo me trataste.
Pero ya no tengo que corregir tus historias. Ya no tengo que dar explicaciones.
No te debo ninguna justificación por mi marcha.
Me voy porque he aprendido lo que significa la autoestima.
Me voy porque he comprendido que merezco un amor que me haga crecer, y no que me destroce.
Me voy porque ya no voy a perderme a mí misma para complacer a otra persona.
No era mi tarea curarte.
No era mi responsabilidad entenderte constantemente mientras tú me malinterpretabas a propósito.
No era mi responsabilidad cargar con tus inseguridades mientras tú te aprovechabas de las mías.
Te dejo ir, no por odio, sino por amor hacia mí misma.
Me perdono por haberme quedado tanto tiempo. Me perdono por haber creído que cambiarías.
Me perdono a mí misma por haber pensado que el amor tenía que ser así.
Hoy elijo la paz para mí.
Me despido de las discusiones interminables que nunca aportaron una solución.
Me despido de la sensación de tener que andar con pies de plomo.
Me despido de la eterna duda sobre mí misma.
Sé que quizá dirás que «he huido», que «me he rendido» o que «nunca habría estado satisfecha».
No pasa nada. Te dejo con tus historias. Ya no las necesito.
Me voy con la cabeza alta.
Me voy porque he aprendido a volver a escuchar mi propia voz.
Me voy porque deseo una vida llena de claridad, respeto y autenticidad.
Gracias por haberme enseñado lo que nunca volveré a aceptar.
Gracias por haberme enseñado a poner límites.
Gracias por haberme enseñado cómo se siente la verdadera libertad.
Te deseo que algún día seas sincero contigo mismo. Pero eso ya no es tarea mía.
Mi tarea ahora es amarme a mí misma.
Adiós.


