Déjalo ir. No es porque de repente te hayas vuelto fuerte, sino porque por fin te has dado cuenta de que el amor no debería ser un escenario para juegos de poder.
Has comprendido que la cercanía no es una competición por la atención y que tú no eres el aplauso que debe llenar su vacío.
Déjalo ir, no porque tus sentimientos se hayan apagado, sino porque te has dado cuenta de que su amor nunca fue realmente amor. Era control, necesidad y proyección: todo menos un sentimiento auténtico.
Te has perdido en un juego cuyas reglas cambiaban constantemente, de modo que nunca pudiste ganar de verdad.
Déjalo ir porque estás harta de tener que justificarte, explicarte y disculparte constantemente por cosas que nunca fueron culpa tuya.
Porque estás cansada de reparar tu corazón mientras él finge que nunca se rompió.
Déjalo ir, porque no eres un espejo en el que él pueda admirarse a sí mismo. Eres un ser humano, con alma, con profundidad y con sueños.
Y te mereces a alguien que te vea, no a alguien que te utilice para sentirse mejor consigo mismo.
Déjalo ir. No porque seas débil, sino porque has encontrado el valor para romper el círculo vicioso de culpa, encanto y dolor.
Porque entiendes que el amor no debería ser una montaña rusa de confusión, silencio y manipulación.
Déjalo ir, incluso si intenta retenerte con palabras bonitas, promesas y recuerdos de algo que nunca fue real.
Conoce tus debilidades y sabe cómo hacerte dudar de si eres lo suficientemente fuerte sin él. Pero lo eres. Siempre lo has sido; él solo quería que lo olvidaras.
Déjalo ir, porque nadie debería tener el poder de convencerte de que eres demasiado. Nunca fuiste demasiado; solo estabas con alguien que era demasiado poco: muy poca empatía, muy poca honestidad, muy poco amor.
Déjalo ir, porque ahora te das cuenta de que el silencio no es madurez, la frialdad no es fortaleza y la distancia no es una forma de amor. Déjalo ir, porque ya no quieres resolver acertijos donde debería haber claridad.
Déjalo ir, porque ya no quieres hacerte pequeña para caber en su corazón estrecho. Porque ya no estás dispuesta a perderte a ti misma solo para no perderlo a él.
Déjalo ir. No porque quieras olvidar, sino porque ya has sufrido lo suficiente.
Has llorado suficientes noches y te has preguntado por qué el amor es tan doloroso. Has comprendido que no era amor, sino poder, control y miedo a la soledad.
Déjalo ir, porque te mereces respirar en un amor, no ahogarte. Te mereces a alguien que te escuche, no a alguien que utilice cada una de tus palabras en tu contra.
Déjalo ir, porque ahora te das cuenta de que nunca te necesitó: te utilizó. Y ese no es un lugar para un corazón como el tuyo.
Déjalo ir, aunque te sientas vacía. Ese vacío no es una pérdida, sino espacio. Espacio que estás recuperando: para la paz, para ti misma y para sentir de verdad.
Déjalo ir, porque entiendes que el amor por un narcisista no cura, sino que quema. Te hace pequeña, callada e insegura. Y tú no has nacido para estar callada.
Déjalo ir y esta vez mantente firme. No te des la vuelta cuando te llame y no le respondas cuando te escriba.
Su «te echo de menos» no es una señal de amor, sino solo el sonido de su vacío, que quiere volver a llenarse.
Déjalo ir, aunque tu corazón tiemble. Se calmará y sanará poco a poco. Un día te preguntarás cómo alguien que te ha visto tan poco ha podido ocupar tanto espacio en ti.
Y sonreirás, no porque haya terminado, sino porque por fin comprenderás: tú nunca fuiste el problema. Siempre fuiste la luz en un mundo que él nunca quiso ver de verdad.
Deja ir al narcisista.
Porque el amor no es un dolor que se repite. El amor no es una prueba que debas superar. El amor es verse mutuamente, crecer juntos; no es una cuestión de supervivencia.
Y cuando lo dejes ir, no solo ganarás libertad, sino que te recuperarás a ti misma.


